lunes, 4 de febrero de 2013

Muerte a la primavera

Las seis treinta de la mañana y el día comienza a ganarle a la noche. Al fondo de la floresta, donde la humedad de la tierra levitaba en busca de oxígeno para trocarlo en irrespirable, se le escucha hablar a la música tan suave y bajita que casi no se le oía, es como un silbido que clama piedad y sosiego, es como un arpa que canta, una voz que tiembla... es un conjunto de sensaciones que crees ver pero no oyes, que sientes y no palpas, que expande una resonancia que adormece y engaña. Una mujer de la noche fría, seducida su mirada por las constelaciones, que poco después en su matiz se apaga para dar paso a una luz ajena, la palidez latente de sus facciones, dolorosa como si tuviese una cuchilla de afeitar clavada. En seguida, apaciblemente un pequeño hilo, diáfano de blanca energía, rozó su cabello y al escuchar un "Te quiero", a la sentencia le surgió un clamor, mezcla de éxtasis y rezo litúrgico; súbitamente su alma reincorporó el camino. El haz de luz proviene de un fanal que mancha la oscuridad, dibuja a la mujer y da vida a la escena.